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Ficcionalizar la intimidad: un acto de resistencia en redes sociales

  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura

En este artículo, Luciano Crispi, Counsellor, reflexiona sobre los efectos que las redes sociales tienen en nuestra vida emocional y en la forma en que construimos —y mostramos— nuestra intimidad en el mundo digital. A través de una mirada crítica y sensible, explora cómo la búsqueda de validación, la exposición constante y la lógica de los algoritmos transforman nuestra subjetividad y nos llevan, muchas veces, a ficcionalizar quiénes somos para poder pertenecer.


Ficcionalizar la intimidad: un acto de resistencia en redes sociales


Desde la aparición, proliferación, desarrollo y naturalización de las plataformas digitales de redes sociales, nuestra sociedad -la del planeta Tierra- se vio modificada profundamente.



 resistencia en redes sociales

No es mi intención establecer un juicio definitivo sobre la aceptación o rechazo a las nuevas modalidades de interrelación surgidas en los años 2000 (las redes ya cumplieron su primer cuarto de siglo) ni plantear un análisis sociológico sobre dicho impacto. Pero resulta interesante plantearnos cómo la construcción de quienes somos socialmente se configura en un formulario de registro online. O más aún, la ficcionalización de una intimidad que responde más a cánones externos que al honesto acto de compartirse.


Mi hipótesis es que, frente a esta tensión, ficcionalizar la intimidad funciona como un mecanismo de defensa y, paradójicamente, como un acto de resistencia. Vale aclarar que al momento de escribir estas palabras, países como Australia, Francia y España avanzaron en estos días sobre la legislación y moderación de contenidos de redes sociales para adolescentes. En ese camino estaban Noruega, el Reino Unido, China y Dinamarca. Lo que pone de manifiesto que la actividad digital modula nuestra subjetividad hasta niveles que algunas sociedades consideran preocupantes. Aunque el fenómeno no

concierne únicamente a infancias y adolescencias, sino a todas las personas usuarias en general. El foco está puesto en la conducta adictiva que despierta el continuo consumo digital y sus consecuencias. Claro que en los primeros años de crecimiento, la afectación podría ser más potente y al mismo tiempo ser más controlable.


Una persecución interminable


La búsqueda de validación de otras personas -más allá del medio por donde se manifieste- representa la necesidad de una persona de ser reconocida primero, y aceptada después por sus interlocutores. La mirada y valoración de quienes nos observan se vuelve necesaria y determinante para hacernos sentir queridos y presentes. Y aunque dicha validación no suceda seguiremos persiguiéndola en función de la supremacía que le otorgamos a la mirada ajena como único aval de identidad posible. Ser reconocidos y pertenecer nos propone una ilusión de estabilidad que calma inquietudes, inseguridades y juicios

propios. Me refiero, entonces, a que se siente más necesaria la aprobación de los otros que el propio valor sobre nosotros mismos. No cabe duda de que es efectiva: la aceptación -cuando llega- calma nuestros pesares y además nos “garantiza” el afecto de las personas con quienes nos relacionamos... posiblemente otra ilusión.


Una contradicción que organiza nuestro accionar

En el mundo de la virtualidad esto se potencia porque el número de personas se magnifica; el alcance de nuestra llegada es -por lo general- más extenso y eso potencia la atención que tenemos por el resultado de nuestra interconectividad. Ese éxito encuentra simbología propia: corazones, aplausos, flechas y sobres. El marketing digital nos acerca anglicismos que incorporamos a nuestra vida y que condicionan la conducta en función de la reacción de los otros. Las polaridades éxito/fracaso, me quieren/no me quieren, soy/no soy se vuelven los agentes de transformación que le indican a nuestra mente qué cambiar y qué no, además de qué mostrar y qué no. Y es en ese momento cuando tomamos la decisión

(a veces consciente y a veces no) de ocultar aquello que tiene que ver con nuestros aspectos más internos y que cobijamos en la esfera de la intimidad. Pero aparece una primera contradicción fuerte: ¿qué hacemos entonces frente a la exigencia intrínseca de compartir la intimidad?


La demanda esencial del ida y vuelta virtual, que cuanto más fluido y extralimitado es, más repercusiones -y sus respectivas aprobaciones- obtiene.

Caso aparte para el hate, esos mensajes de odio que también juegan un rol importante en el intercambio digital. Pero me interesa que podamos hacer hincapié en que si sentimos la necesidad imperiosa de ser observados y utilizamos las redes sociales como herramienta imprescindible de un presente cada vez más digital, nos enfrentamos con dicha contradicción: mostrarme tal cual soy podría no ser algo exitoso, y no mostrarme me deja afuera del mundo. Ese mundo que es un sesgo, un listado de perfiles en línea que constituyen mis lazos comunicacionales y hasta podría definir mi cosmovisión.


Ficción: acción y efecto de fingir

EXTIMIDAD resistencia en redes sociales

¿Qué podemos hacer frente a esa contradicción? Ficcionalizar la intimidad. Es decir, llenar de elementos ficticios, irreales, inventados y que poco tienen que ver con nuestro sentir auténtico en este mundo, nuestra imagen y presencia digital. Un sentir personal y una experiencia vital que se ven filtrados y condicionados ante la observación exterior. Pero tampoco tenemos la certeza de quién es nuestro interlocutor o si nuestro mensaje llega o qué repercusiones obtuvimos.


En este punto siento relevante mencionar que hay un mediador, también externo, una tercera figura que se suma a la ecuación y que completa la secuencia YO - OTROS - ALGORITMO aportando incertidumbre. Ya no se trata sólo de un vínculo interpersonal; ahora interviene una arquitectura invisible que regula la visibilidad. La construcción comercial y de funcionamiento de los sistemas digitales -lo que llamamos algoritmos- se vuelve un ente al que constantemente queremos comprender, superar o -en el mejor de los casos- controlar a nuestro favor. Como si en el equilibrio de intereses lo individual fuese un competidor leal de lo corporativo.


El cuerpo nos habla


Nuestras reacciones sensibles y emocionales son emergentes de cómo nos llevamos con la interacción en las redes sociales. Dependerá de cómo estén constituidas nuestras estructuras internas y cuánto las trabajemos, cuál será el impacto positivo, negativo o condicionante de lo que venimos analizando. Podemos pensarlo también como impacto funcional o disfuncional, es decir, cómo nos afecta en nuestro funcionamiento diario.


¿Cómo nos sentimos cuando chequeamos nuestros perfiles?

¿Qué nos hace sentir la reacción virtual de los demás?

¿Me aparecen en la mente conclusiones o juicios de valor sobre mi persona luego de ver a otros?

¿Establezco líneas comparativas, y cómo son esas observaciones?

¿Cuáles eran mis expectativas al momento de mostrarme ya sea a través de una frase,

imagen o actividad?


Lo que sí podríamos aventurarnos a afirmar es que entrar al mundo digital de las redes

sociales impacta en nuestra dimensión emocional, relacional y mental.


Extimidad

Decíamos previamente que la contradicción de cuánto mostrarnos a veces nos lleva a elegir construir una intimidad que no es verdadera (o al menos en algún aspecto); que se encuentra condicionada en la persecución de la aprobación del observador y que eso genera sensaciones de pertenencia y estabilidad.

La condición necesaria para ser-en-línea es compartirse. Existe una terminología que engloba este accionar de compartir la intimidad: EXTIMIDAD. Es un término acuñado por Jacques Lacan y popularizado por sociólogos como Serge Tisseron para explicar nuestra conducta en la era de internet. La extimidad es un neologismo (unión de exterior e intimidad) que describe el proceso de hacer pública la vida privada para darle sentido o validarla a través de la mirada de los demás.


Lo que resulta interesante, y algo llamativo, aunque coherente con el recorrido que hacemos las personas en el afán de moldearnos para ser valiosos, es el acto de traicionar la esencia misma de la extimidad y maquillarla con elementos no íntimos. Es decir ya no sólo llevamos adelante la extimidad como una demanda de la actualidad y sus canales de comunicación, sino que elaboramos una extimidad forzada en su contenido, no en su acción. ¿Y qué sucede entonces con la intimidad? ¿Qué pasa con aquellas instancias tan personales que por miedo o pudor quedan veladas?


Permanecen. Configuran la intimidad verdadera, que no se comparte. Somos también con nuestros pesares y padecimientos.

Entonces nuestra presencia en redes sociales se basa en un acto de exhibición personal que originalmente podría pensarse como extimidad, pero que ahora evolucionó a su versión 2.0. Construimos una intimidad que no es tal. No se trata sólo de ideologías, opiniones y sugerencias. Abrimos un supuesto mundo personal que no se conecta con el verdadero, ese que a pocas personas elegimos mostrar.


Un acto de resistencia

Podemos juzgarnos o recriminarnos por estar fallando a la lógica impuesta por la virtualidad.

Quizás no tenga mucha utilidad cuestionarnos la construcción de máscaras sociales y virtuales que nos hacen parte de un juego que a veces no elegimos jugar, como propone este artículo. Sin embargo, hacer contacto con la superficialidad de una interacción que está construida básicamente con elementos no auténticos, y que nos permite gozar de un avatar muchas veces exitoso, es una toma de consciencia de la defensa de nuestro organismo. Es una protección que busca cuidar lo que es frágil y respetar aquellas instancias que son esenciales en nuestra individualidad y que -aunque corremos el riesgo de ser deshonestos- ocultamos de las miradas generales.


Quizás, las personas estemos comprendiendo que hay componentes personales que no son materia pública; que no combatimos a las presiones de los algoritmos y corremos a su velocidad, pero no todas sus exigencias. Reservamos lo doloroso, lo precioso y lo profundo a espacios seguros donde la interacción -en lugar de verse a través de una pantalla y sus símbolos- se siente en el contacto físico. Ficcionalizamos para cuidar. Resistimos para compartirnos, donde la búsqueda no es de aprobación sino de intercambio, en el sentido más profundo de la palabra.


LUCIANO CRISPI AUTOCONOCIMIENTO Y DESARROLLO PERSONAL

 
 
 

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