El arte de escucharse: de la linealidad a la circularidad
- hace 2 días
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En este artículo, Luciano Crispi, counsellor y miembro del equipo de Red Holística, nos ofrece una reflexión sensible sobre el arte de escucharnos y el modo en que ese gesto puede transformar nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos.
¿Escucharnos puede ser una herramienta para no sentirnos solos?

Una de las acepciones posibles de la palabra arte tiene que ver con aquello que surge
desde el interior, no por su calidad expresiva o comunicacional, sino por su principal
característica: ser un efecto creado por nosotros mismos. Es decir, un material abstracto (o
no) que fue fabricado por un sujeto, un artesano. Como si la cerámica no fuera lo único
valioso, sino las manos de esa persona que con su capacidad o intuición genera tal cosa.
Entonces ponemos en relieve la calidad artesanal, como un hecho que requiere nuestro
trabajo, nuestra dedicación, nuestra puesta en marcha y nuestra entrega a esa tarea.
Con escuchar sucede lo mismo: somos artesanos de un hecho valiosísimo en el desarrollo
personal, que tiene un alcance que la mayoría de las veces no podemos imaginar... pero lo
podemos suponer. Es el poder de la escucha lo que nos conecta con un otro y con El
Mundo, en el acto primero de recibir y, quizás, hacer algo con eso después.
Nuestro trabajo artesanal implica, entonces, movilizar todos los recursos y energías en esa acción de oír, de dejarse estimular. Constantemente escuchamos sonidos y melodías, ruidos, fonemas codificando palabras y otras estructuras sonoras. Nacemos y -quienes tenemos la privilegiada posibilidad de oír- comenzamos un intercambio casi constante que nos impregna de sensaciones, emociones e ideas también.
¿Y cómo nos ponemos el traje de artesanos de esa escucha que casi sucede mágicamente sin que hagamos nada?
¿Ya lo tenemos puesto y solo nos queda buscar la arcilla?
Intuyo que no, que es necesaria -primero- una toma de conciencia del valor de la escucha y conectarla con nuestro valor como artistas-artesanos. La conexión de la habilidad con la intención. Me refiero a la acción de direccionar nuestra innata capacidad, orientándola a un objetivo específico y de esa manera establecer un foco que sintoniza con el ambiente. Así es como nos convertimos en generadores conscientes de una acción tan neurofisiológica como subjetiva: la organización del acto de escuchar. Un puente que une dos sistemas tan similares como opuestos: escuchadores y “lo escuchado”. Esa es, a mi entender, la calidad que tenemos las personas de ser artesanos de la abstracción, artesanos del acto de
escuchar. Una gran obra de arte, queridos oyentes creadores.

¿Qué sucede cuando la escucha toma una dirección opuesta a lo que venimos planteando?
¿Sería un error o una alternativa?
Aparece entonces una posibilidad que amplía la lista de objetivos, invade de inmensidad el campo de lo escuchable; pero también de no-materia, de imaginación y de incertidumbre. No habrá muchos otros sentidos que acompañen y refuercen, mediante la contrastación y correspondencia, una creación de sentido común.
Hablamos, entonces, de dejar de escuchar El Mundo y atender a otro, el mundo interno. Con minúsculas pero infinito. Donde la relación de ese intercambio no es interno-externo, sino que ese foco específico deja de estar fuera y se configura dentro de nosotros. La escucha se construye metafóricamente como un círculo que nos envuelve y ya no es una flecha unidireccional que nos conecta con la otredad en el acto de recibir (la punta hacia nosotros). De la linealidad a la circularidad. Pasar de una sola dirección a un ciclo que nos incluye en ambos extremos, pero que están unidos, desdibujados. No hay inicio ni fin; hay constancia y, en todo caso, lo que hacemos es acercarnos o alejarnos de ese recorrido sin principios ni cierres.
Escucharnos a nosotros mismos es un acto constante, un continuo que existe solo en el momento que le otorgamos consciencia creadora, artesanal. Una posibilidad -decía antes- que no nos deja a un costado en ningún momento y que nos necesita en cualquier instancia del ciclo. No en el inicio, no en el final, sino todo el tiempo.
¿Dejaría de existir si nos alejamos demasiado de ese circuito?

La respuesta es la misma que propone ese desafío de contestar si el árbol (sin que nadie lo oiga) suena cuando cae en el medio del bosque. Me interesa pensar la idea de que si alineamos intención y habilidad con dirección a nosotros mismos llegamos a una experiencia personal y colectiva que no tiene vuelta atrás. Quizás se trate de volúmenes, pero el círculo está (y estará) allí presente envolviéndonos.
La atención puesta en los sonidos internos, esos elementos de constructos imaginarios a los que da forma nuestra conciencia. El árbol puede caer en soledad; la escucha, en cambio, se constituye cuando decidimos estar presentes.
Es en ese tránsito de navegación interna donde nuestro arte/capacidad de oír(nos) se desarrolla sin exigencias ni saberes previos (recordemos la magia de la biología), y que intuitivamente circula. Nuestra mente aloja toda la información que fuimos aprendiendo para decodificar aquellos estímulos del exterior y los guarda para nuestras narrativas internas. Es decir, nos hablamos en el idioma que conocemos. Lo cual nos favorece y nos propone una gran facilidad: para escucharnos solo basta con proponérnoslo. Ojalá no se lea simplista. El lenguaje, los sonidos y lo escuchable ya lo conocemos, solo necesitamos reconocerlos dentro de nosotros y podremos dar sentido a tales narrativas.
¿Qué nos decimos?
¿Qué se oye en nuestro interior? ¿Me estoy diciendo algo?
Hablaba de facilidad no porque sea sencillo, sino porque es rápidamente accesible. La dificultad está en la sensatez con la que realicemos la tarea. La creación artesanal que más honestamente llevemos a cabo es la que nos devolverá una pieza única y preciosa, de esas que son invaluables en un museo que solo existe en nuestro interior. Cuanto más honestamente hagamos el ejercicio de escucharnos a nosotros mismos, más valioso será el significado de lo que podamos percibir. El valor al que me refiero es la conexión con el saber intuitivo, visceral, íntimo, profundo, secreto e infernal que tenemos todas las
personas. Podríamos preguntarnos entonces por qué un individuo no sería honesto consigo
mismo en una acción tan individual como personal: es que -posiblemente- al haber contactado alguna vez con ese poder circundante de la escucha honesta comprendió la valentía que requiere asimilar ese contenido, responsabilizarse de la existencia de tales materiales propios. Solemos alejarnos de los desafíos que asustan o que nos demandan un esfuerzo “innecesario”.

¿Logramos escapar de esa habilidad que alguna vez practicamos (oírnos)?
¿Somos capaces de olvidar esas palabras que hallamos tan nuestras?
Me parece que -en todo caso- con la adultez y las experiencias que vamos viviendo aprendemos simplemente a regular el volumen.
No quisiera cerrar esta reflexión con una connotación tensa de la (auto)escucha, como si exigiera rigidez o responsabilidad excesiva.
La circularidad de la escucha interna es la herramienta más poderosa e inagotable que tenemos las personas para desarrollar un autoconocimiento que nos enfoque en un proceso de desarrollo personal.
Es la herramienta fundamental de un contacto con nosotros mismos basado en la honestidad para el
reconocimiento de emociones, ideas, y sentimientos que describen nuestro estado interno.
Cuando emprendemos un camino de evolución en busca de transformación, necesitamos de la autenticidad para que nos llene de círculos y puentes como recorridos de búsqueda, y no flechas que nos alejen del centro-ser. Sin filos que corten ni puntas que lastimen, sino con la caricia de un roce que no termina y nos recuerda que no estamos solos: nos acompañamos a nosotros mismos.




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